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Sólo Necesitamos Orar con Todo Nuestro Corazón

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Sólo Necesitamos Orar con Todo Nuestro Corazón

Se dice que había una Iglesia, donde un día el sacerdote salió a revisar que todo estuviera en su lugar y limpio. Al pasar por el altar, se quedó un momento parado observando dicho altar y como no había gente orando; se dijo para sí mismo, mientras esté aquí voy a estar mirando cuanta gente entra y sale. Cuando iba a ser el mediodía, entró un hombre mal vestido y con su barba sin afeitar, con aspecto de ser un malhechor; el sacerdote lo observó y cuando el hombre se marchó, el sacerdote también lo hizo.

Al día siguiente a la misma hora, llegó el mismo hombre del día anterior; el sacerdote un poco desconfiado, se escondió para observarlo, pensando que podía tratarse de un delincuente. Cuando el hombre se levantó del altar para marcharse, traía consigo un maletín y el sacerdote pensando que era un ladrón; le salió al encuentro y le dijo: Un momento, ¿A dónde vas? Y ¿Qué llevas dentro de ese maletín? El hombre sin inmutarse, le dijo: mire Padre, yo laboro en un lugar un poco retirado de aquí, pero diariamente a la hora del almuerzo vengo a orar en la Iglesia y cuando termino de hacerlo; en el camino de regreso a mi centro de labor, me voy comiendo lo que traigo dentro de este maletín.

El sacerdote un poco avergonzado, le preguntó al hombre; bueno, ¿Qué es lo que le pides en tu oración a Dios? Y él le contestó, ¡Señor, perdona que yo no sepa orar, pero sólo quiero darte las gracias, por quitarme el peso de encima; al perdonar mis pecados y librarme de ellos, aquí está tu amigo Juan reportándose nuevamente! Y luego Juan se despidió del sacerdote para volver a su centro laborable.

El sacerdote se hincó ante el altar, sollozando empezó a orar, diciendo: ¡Perdóname Señor por no saber orar y por desconfiar de este buen hombre, aquí tu amigo el sacerdote reportándose! Así pasaron uno, dos, tres días; una, dos semanas y el padre un poco intrigado por no poderlo ver más a aquel hombre. Fue a buscarlo a su centro laboral, cuando llegó preguntó a unos obreros que trabajaban allí; “Señores, estoy buscando a Juan” uno de ellos le respondió. ¿A qué Juan se refiere?, porque aquí hay varias personas con ese mismo nombre.

El padre les dijo, que ese hombre llamado Juan, hacía dos semanas que no lo veía y que siempre cada día él iba a orar a su iglesia; al instante todos se dieron cuenta de quien se trataba y le dijeron que ese hombre hacía dos semanas que se había enfermado y que lo llevaron a un hospital cercano. El cura se dirigió al hospital donde se encontraba aquel hombre, al llegar a la recepción de dicho hospital, el sacerdote le preguntó a la recepcionista por un hombre llamado Juan; ella le preguntó si sabía el apellido. El padre le dijo que no, que sólo sabía el lugar donde trabajaba y el tiempo más o menos que se encontraba hospitalizado.

Inmediatamente la recepcionista supo de quien se trataba, le dijo el piso y el número del cuarto donde se encontraba, el sacerdote al llegar al cuarto, estuvo parado un momento porque acababa de salir de dicho cuarto la enfermera supervisora general, a la misma que le preguntó que si podía pasar al cuarto del enfermo, ella respondió que dentro del cuarto se encontraba una enfermera y cuando ella salga él podría hacerlo. Esperó un momento afuera, al salir la enfermera le preguntó que si podía entrar a ver al enfermo; ella le contestó que sí; el sacerdote le preguntó a ésta como veía al paciente. Ella le dijo que el enfermo, poco a poco se iba recuperando. También le dijo, que le daba mucha pena con dicho paciente, porque desde el momento que ingresó al hospital, nadie había ido a visitarlo y que él era la única persona que lo había hecho en las dos semanas que estaba en el hospital.

También le comentó que lo más extraño de todo era que el enfermo, diariamente cantaba y estaba muy alegre, a pesar de que nadie iba a visitarlo; luego la enfermera se despidió del sacerdote. Éste al entrar vio a Juan y le preguntó que si era verdad lo que le había dicho la enfermera que nadie lo visitaba y aún así se encontraba feliz, a lo que Juan le respondió, que no le hiciera caso, porque ella estaba equivocada; ya que todos los días al mediodía viene su amigo a visitarlo y cuando llega, se sienta en su cama, me agarra de las manos y me dice Juan, gracias por haber hecho amistad conmigo, por dejar que limpie tus pecados y te sientas libre de ellos, ¡Porque aquí está tu amigo Jesús reportándose!

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