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Iluminación

Desafío al Último Enemigo

La muerte

Desafío al Último Enemigo

Llega un momento en la vida de todo iniciado en la espiritualidad, en el que debe enfrentarse a la tentación de creer que la muerte es real. En las palabras de Pablo: “El postrer enemigo que será destruido es la muerte” [1 Corintios 15: 26]. ¿Habéis leído las palabras de Serapis Bey?, su advertencia de resistir la muerte, como la personificación del velo de energía llamado mal; así como de la fuerza impersonal, que trata de fingir privar a todo hombre y mujer de la herencia de la inmortalidad, el regalo de Dios a su creación.

De alguna manera, en algún lugar, por hábito y endoctrinación, la humanidad ha aceptado el concepto de que la definición de la muerte, es la entrega del cuerpo físico, el cese de la vida, de la conciencia y del latido del corazón en la forma material. Esta definición ni proviene de las Escrituras, ni está basada en la ley cósmica.

Mientras intensificamos, pues, nuestro esfuerzo de unir nuestra conciencia con la vuestra, no podemos hacer nada más que desafiar el registro, la memoria y la conciencia de la muerte que está al acecho, como el enemigo dentro del campamento en los niveles subconscientes de la conciencia de la humanidad.

Se debería recordar que en la hora de la crucifixión de nuestro Señor, no está escrito que murió, sino que “entregó el espíritu” [Mateo 15: 37-39]. Estos términos son una explicación más adecuada de lo que ocurre en el momento de la transición. Definimos la transición, como ese momento en el cual el alma se marcha de la envoltura física y hace la transición del cuerpo etérico, llamado algunas veces; la envoltura etérica.

Este campo de fuerza de energía electrónica, vibra en un nivel de conciencia que está justo por debajo de las octavas de perfección de los Maestros Ascendidos. Es en el plano etérico donde el alma (la identidad individual en evolución) permanece entre encarnaciones, las cuales continúan mientras sean necesarias para evolucionar en el tiempo y en el espacio en el plano de la Materia.

La “entrega del espíritu” marca la hora en el que el aliento del Espíritu Santo sale de esta espiral mortal, este campo energético físico que Dios nos ha proporcionado durante un determinado ciclo de oportunidad para demostrar autodominio en el plano y en la dimensión física. Si esto no es la muerte, ¿Qué es, entonces, la muerte?

Como dijo Pablo: “Está establecido para los hombres que mueran una vez.” ¿Qué es esta muerte que todos deben experimentar una vez “y después de esto el juicio?” Y si el vivir es Cristo, como proclamó el apóstol, el morir es ganancia [Hebreos 9: 27], entonces, ¿Por qué deberíamos resistir esta muerte como el último enemigo? Sin duda hay una muerte que debe ser bien recibida como edicto del Señor y hay otra muerte que debe ser vencida y también esta es su edicto.

Venid ahora y razonemos juntos, dice el Señor [Isaías 1: 18]. Aquello que es real, aquello que ha nacido de Dios, creado a la imagen y semejanza de la llama de la Vida misma, no puede morir. Porque las leyes de la desintegración y de la muerte, no se aplican a esa creación perfecta que Dios ha hecho [Génesis 1: 28]. Sólo aquello que es irreal puede morir. Y en este contexto definimos la muerte como el cese de la existencia.

Ni Dios ni su creación – su descendencia, el Cristo – pueden morir, pero la creación de la irrealidad, de la oscuridad y del pecado, del Mentirosos y la mentira [Juan 8: 44], está predestinada a morir, desde el momento de su comienzo. Porque la llama de la Vida, no habita en la creación y por lo tanto, ésta no contiene el moméntum del auto perpetuación que solo la Simiente de Dios puede contener. Pablo dice: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” [Romanos 6: 3].

El bautismo es encender el alma, la forma y la conciencia con una mayor medida de conocimiento Crístico. Es un ritual sagrado. Si vamos, por tanto, a presentarnos para ser bautizados en Jesucristo, debemos conocer el significado de ser bautizados en su muerte. La muerte de la que habla Pablo, es la muerte de la forma de Jesús, la manifestación del Cristo. Cuando el Cristo en Jesús entregó esa forma, fue con un propósito elevado y santo; ese propósito es la muerte del pecado, a escala planetaria.

Jesús mismo estaba sin mancha y sin contaminación [1 Pedro 1: 19], sin karma negativo, sin residuo alguno de pecado de encarnaciones pasadas. Por lo tanto, Jesús entregó su templo corporal en ese supremo sacrificio para equilibrar un determinado moméntum de pecado mundial por la acción de la luz que se concentraba en su templo corporal y lo convertía no sólo en la conciencia viviente y palpitante del Cristo, sino también en la presencia viva del Espíritu Santo. Su templo era la morada del Dios Altísimo

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