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Iluminación

El Sendero del Discipulado

El sendero del discipulado

El Sendero del Discipulado

¿Estáis enardecidos por la majestuosidad de Vuestra Voluntad tal como lo estoy yo? ¿Estáis arrebatados con una pasión que es el amor de Dios? ¿Arde vuestro corazón en anticipación se Su Presencia y anheláis ser llenados de la sabiduría de Su ley?

Si para vosotros la vida no es más que un encuentro con obstáculos que realzan la carrera hacia el hogar y que os llenan con la anticipación de ver Su rostro, entonces venid conmigo mientras ensalzo las virtudes de la unidad y pongo ante vosotros el conocimiento de la ley, la percepción de la bienaventuranza del amor y mientras os muestro como buscar la integridad, defender la unidad y siendo Dios, cómo permanecer impolutos y sin contaminar por el mundo.

El sendero del discipulado, es un sendero que lleva al alma suavemente de la conciencia de la dualidad a la conciencia de unidad, de unión en el núcleo de fuego blanco del ser. Las etapas sucesivas de iniciación del desarrollo de la mente de Dios dentro de la mente del hombre tienen como propósito quitarse el hombre viejo  y ponerse el nuevo [Efesios 4: 22, 24]. Son para la liberación de los velos de la dualidad, de mortalidad y para substituir éstos con la vestidura del Señor, la vestidura sin costuras de la gracia y de la refulgencia de la luz [Juan 19: 23].

Día tras día, el Señor sacó a los hijos de la promesa de la tierra de la esclavitud, cruzando el desierto, dividiendo el turbulento mar, despejando el camino que lleva a las alturas de la cumbre, en donde los elegidos de Dios, que han mantenido la visión de la unidad; contemplan la visión de la tierra prometida. Aquellos que perciben la unidad, tienen el derecho de concebir la unidad y producirla desde el núcleo del fuego blanco en los planos del Espíritu, hacia los planos de la Materia.

A cada paso del camino se presentan los peligros; cada vuelta del camino es una marca de logro que precipita al despeñadero del desafío. En el caos y en la quimera, mediante la llama de la integridad, las energías dispersas son atraídas hacia varas de poder, los movimientos erráticos se convierten en moméntums dinámicos y las emociones dentadas se geometrizan como un cono de autorrealización. Toda fase de maya, todo espectro de niebla queda resuelto, al igual que el sonido disonante se convierte, por la ley de la verdad, en la orquestación de la armonía celestial.

Meditando en la luz crística, por la convergencia de la autoconciencia con la Autoconciencia Divina, el hombre y la mujer que se ponen la vestidura del Señor se hacen uno en la espiral de nuestra unidad. Cuando Jesús fue al país de los gerasenos, vino un hombre de las tumbas, uno con un espíritu impuro que no podía ser atado, no, ni siquiera sin cadenas. Tampoco podía ser controlado, se le encontraba día y noche en las montañas y en las tumbas, gritando y cortándose con piedras. Pero cuando vio a Jesús a lo lejos, corrió a adorarle [Marcos 5: 1-20].

El registro de la curación que Cristo realizó, de éste que estaba poseído por un espíritu inmundo; está escrito claramente en el Akasha. Es el registro de una ilusión de dualidad, una manifestación que confundía a todas las personas de esa región y que sigue confundiendo a los científicos y doctores, dos mil años después de esa curación, que fue realizada por el Espíritu y con el poder del Señor.

La infestación de las cubiertas de la conciencia que rodean al alma, como vestidura envolvente, ha ocurrido desde la hora en la que el hombre y la mujer rechazaron la integridad de Dios y eligieron, por el mal uso del libre albedrío, separarse de sus llamas gemelas de fuego sagrado en el centro del ser.

Las cubiertas de la conciencia que rodean al alma, son llamadas los cuatro cuerpos inferiores; son los vehículos de la expresión y expansión del alma en el plano de la Materia. Son el cuerpo de la Memoria o etérico, el cuerpo mental, el cuerpo emocional o astral y el cuerpo físico. Mediante estos campos energéticos que se interpenetran, el alma proyecta las energías del Espíritu a la manifestación en el mundo de la forma material.

Aquí el alma obtiene experiencia en la manipulación de las leyes, que gobiernan el tiempo y el espacio.  En esta el alma demuestra el dominio de sí misma, al hacer las obras de Dios en el hombre. Y así obedece el mandato del Señor: “Señoread la tierra” [Génesis 1: 26, 28]. Estos cuatro cuerpos del hombre y de la mujer son cálices sagrados, sí, incluso la morada del Dios Altísimo [1 Corintios 3: 16; 2 Corintios 6: 16].

Pero cuando la visión de la unidad desciende al nivel de la relatividad en la Materia, engendrando la sensación de estar separado de la llama central de la Vida, entonces se abre la puerta de la conciencia; no al Cristo, sino al morador del umbral, a los caídos, a los demonios, a los desencarnados y entidades que buscan morar en el tabernáculo de Dios, que se ha convertido en la tumba de los muertos vivientes.

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